La actual presidenta del Estado, madame Bachelet, visitó Hiroshima, la ciudad-puerto japonesa sobre la cual Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica el 6 de agosto de 1945; desde ahora las miles de víctimas de aquel brutal ataque podrán descansar en paz, faltaba solamente la concurrencia de la jefa del gobierno chileno para que pudieran conciliar el sueño eterno. Junto con su visita a Japón, donde firmó un TLC con esa potencia asiática, la mandataria que ostenta sólo un 39% de apoyo ciudadano (y bajando aún más, creemos), estuvo en Australia durante esta nueva salida al exterior.
Los viajes presidenciales al extranjero ya se han transformado en un vicio; los jefes de Estado concertacionistas han vivido de pie frente a los ventanales de su despacho mirando hacia el cielo, envidiando a quienes salen del país en los numerosos vuelos que despegan del aeropuerto capitalino. Gozan como cabros chicos cada vez que inician un tour por algún punto del planeta que no esté ubicado en territorio chileno, mejor aún si es de larga duración. En cambio, cuando salen de Santiago hacia el norte o sur del país (¡qué viajes tan fomes!), realizan visitas de médico, lo sean ellos o no, salvo que se encuentren en período eleccionario. Este apetito de viajar fuera de nuestras fronteras (sin costo personal, por supuesto) se ha hecho extensivo a las demás “autoridades” del Estado, las que también consideran una lata las salidas a terreno a escuchar las inquietudes de compatriotas afectados por algún problema o golpeados por un desastre natural; ¡qué se las arreglen como puedan!
Hubo un terremoto, salida de mar, y pérdidas de vidas humanas en Aysén, el año pasado; otro sismo asoló el norte el 2005, con secuelas todavía desatendidas dos años después; la zona interior sur vivió un crudo invierno este año, sin recibir ayuda oportuna y suficiente; las alzas de los precios de los productos de primera necesidad han sumido en la angustia a miles de hogares chilenos; sin embargo, un movimiento de tierra zamarrea a los soliviantados peruanos y en cinco minutos se encuentran dispuestos diez aviones de la FACH, cargados hasta las alas, con ayuda humanitaria para quienes virtualmente nos han declarado la guerra. Esa es la gente que controla el Estado: lerda cuando hay que ir en ayuda de la nación a la que deberían servir por sobre todas las cosas (aunque nada haga ésta por reclamar sus derechos), y casi vertiginosa cuando quiere socorrer a un pueblo extraño, sin importarle si es enemigo, sobre todo si ello le asegura un viaje al país siniestrado. Otra forma de seguir patiperreando por el mundo, ya sea de civil o de uniforme, son las misiones de paz en el extranjero; en Haití, el caso más significativo, se encuentra desplegado un importante contingente de las Fuerzas Armadas y de Carabineros, mientras en Chile mueren los soldados en simples ejercicios y faltan policías para combatir la creciente acción de los antisociales. ¡Cuánto falta nos hace un Estado nacionalista! Un Estado cuyas autoridades permanezcan en nuestro territorio sirviendo a los chilenos. (slch) |