Para referirse a este tema es preciso dejar establecido previamente que las diferencias entre el empresariado y los trabajadores constituyen un problema inevitable en un sistema en que el beneficio individual es el único norte en todas las actividades económicas y sociales. Ambos agentes productivos buscan lo mismo: lograr el máximo beneficio para sí en roles que debieran ser naturalmente complementarios, rivalizando sin cesar por privilegiar o la obtención de mayores utilidades empresariales o el aumento de los salarios de los trabajadores, olvidando en la mayoría de los casos el imperativo de preservar la unidad económica, que además de tener una responsabilidad social, produce los ingresos necesarios para solventar las demandas de ambos factores productivos. Trabajadores y empresarios no pueden ser enemigos; si coexisten al interior de la empresa es porque ambos son imprescindibles para el logro de los objetivos inherentes a aquella. En la empresa confluyen distintos miembros de la Nación cuyo vínculo primero es justamente esta pertenencia a un colectivo común; tal circunstancia les obliga a brindarse un trato propio de connacionales, exento de abusos y egoísmos. Cuando se olvida lo anterior surgen las clases sociales, diferenciándose un sector (el empresarial) que puede regular sus ingresos, y otro que debe conformarse con lo que ofrece el primero, insuficiente en miles de casos. Así se van haciendo cada vez mayores las desigualdades, dificultando la unidad nacional al dar paso a dos mundos paralelos al interior del país: uno que puede alimentarse bien, instruirse, acceder a la mejor medicina, viajar, y vivir placenteramente, y otro que obtiene ingresos escasos, incluso para atender sus requerimientos más urgentes. Está comprobado que el llamado "ingreso mínimo" - salario con el que el trabajador y su familia alcanzarían a cubrir sus necesidades básicas -, está lejos de cumplir este objetivo.
No obstante, para el Nacionalismo no existen clases sociales en términos absolutos, casi de orden sobrenatural; estas no son más que el resultado de las posiciones que cada sector ocupa en el proceso productivo. No existe una clase "buena" (la que vende su fuerza de trabajo), ni una "mala" (la que emplea abusivamente esa fuerza), pues si por alguna razón se invirtiesen los papeles o si uno o varios trabajadores se hicieren empresarios, se repetirían los vicios que envenenan la relación entre las partes al interior de las empresas. En la realidad nacionalista no tiene cabida la lucha de clases; aquella fue ideada por Carlos Marx y transformada en Caballo de Troya por los líderes comunistas y socialistas, para hacerse con el poder total, sometiendo a la masa trabajadora, cuando lograron su propósito, a abusos y padecimientos peores que aquellos que ha sufrido y sigue soportando en el capitalismo. Para el Nacionalismo, en la unidad productiva debe existir un clima de armonía que haga posible desarrollar las aptitudes de organización y conducción del empresario, y la creatividad de los trabajadores, en un marco de disciplina, jerarquía y bienestar general. Sindicalistas sin militancia partidaria, responsables, y realmente capacitados para ejercer su función, más empresarios con aptitudes para la administración eficiente de sus negocios y convencidos de la importancia de sus colaboradores, dotados ambos de una desarrollada conciencia nacionalista y en un clima de respeto mutuo, pueden hacer realidad estas ideas futuristas pero no utópicas.(slch) |